Por Carlos Alberto Nacher
Cnacher1@hotmail.com

‘…En silencio, Cleptus se acercó a la pequeña mesa que ocupaba el rincón derecho de su recámara. Abrió el único cajón de la mesa y sacó un sobre. Una vez más volvió a leer aquella carta. Sus ojos recorrieron rápido las primeras líneas, buscando el punto donde sabía debían detenerse: “… por favor, no dramaticemos esto. No vuelvas a llamarme. No me busques. Hasta siempre. Casiopea”
Finalizó de leer y puso la mirada en la ventana abierta, en un punto lejano más allá del horizonte marino. Una vez más confirmó que no se trataba de un mal sueño: Exedra lo había abandonado.
Ella había escrito en ese papel la despedida, con su fina letra, con esos trazos curvos impecables que lo había impresionado desde el primer momento que la vio escribir, en la biblioteca de la escuela, mientras preparaba sus clases de historia. La imaginaba escribiendo, sentada con media cadera afuera de la silla y casi completamente recostada sobre la mesa, con el pelo echado hacia el hombro izquierdo y fijando sus ojos en el movimiento de la lapicera sobre el papel. Era una letra perfecta, nunca había visto unos trazos tan… sensuales.
Había entendido la situación, pero aún no se resignaba al hecho. El devenir de los sucesos lo había tomado casi de sorpresa y debía adaptarse a su nueva situación lo más pronto posible…’

Dejé el libro en el piso y me levanté de la cama. Estas novelas de amor me estaban aburriendo un poco últimamente. Pero qué podía leer hoy por hoy que no fueran best-sellers o tratados de autoayuda. Dónde están, me preguntaba, los nuevos Moby Dick, los nuevos Julio Verne. Dónde están los nuevos Star Treck. Por más que recorriera los anaqueles de viejo de las librerías no encontraba nada más que insulsos libros de filosofías orientales o manuales de cómo ser feliz ayudándose a sí mismo. Mientras miraba los estantes, soñaba despierto. Cómo me gustaría cruzarme al Corto Maltés a la salida de la librería, y trenzarme con él en una aventura en alguna isla del Mediterráneo. Pero, de seguro, ese no sería mi destino. Debía permanecer oculto en esta ciudad de los suburbios del mundo, perdiéndomelo todo.
Fui al baño y me miré al espejo. Tenía la barba apenas crecida y el pelo corto. Decidí no afeitarme y darme un baño caliente. Era temprano aún para salir a la calle, todavía no había amanecido. Decidí hacer un poco más de tiempo con el libro. Lo abrí donde lo había dejado y avancé varias páginas hacia adelante, como en todos estos novelones de amor, no esperaba sorpresas ni asombros hasta bien cerca del final.

‘…Cleptus estaba solo en aquel callejón. Su mano derecha temblaba dentro del bolsillo del gabán, aferrando la navaja. Se recostó contra un ángulo que hacía la pared del edificio, escondiéndose de la mirada de los transeúntes. Mientras, no dejaba de vigilar la ventana del segundo piso del edificio de enfrente, el departamento de Casiopea. La luz estaba encendida pero no se percibían movimientos en su interior.
Cleptus llevaba la carta de Casiopea en un bolsillo. La abrió, volvió a repasar cada trazo, bajo la luz de entrada del edificio. No la leía, simplemente miraba las formas de los trazos, con la ansiedad con que mira un adolescente una revista erótica.
Un hombre pasó a su lado, con un carro repleto de cartones. “¿Tiene fuego?” le preguntó. Cleptus se sobresaltó por esa inesperada situación. Apretó más la navaja en su puño. “No” respondió secamente. El hombre del carro siguió su camino. Ese momento de distracción bastó para que, al volver a levantar la vista hacia el departamento de Casiopea, Cleptus encontrara las luces apagadas…’

Continuará…