Por Javier Arias
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Y un día se cansó, se piantó, se borró, se escapó, mandó todo a la mierda y se las picó. Era una tardecita de otoño, casi a la hora de la siesta, cuando los chicos aún estaban en la escuela y la Emilia todavía no había llegado del quiosco.
Agarró un bolso, metió tres pares de medias, otros tantos calzoncillos, el libro que tenía sobre la mesa de luz, algunas boludeces más que no vienen a cuento y encaró para la terminal.
El pueblo era chico, no tardó más de diez minutos hasta que llegó a la ventanilla y preguntó cuál era el micro que salía más temprano para el norte. A veces la fortuna está del lado de los aventureros, o según se vea, la desventura para los desgraciados, la cosa es que justamente en quince minutos pasaba un micro para Bolivia, eran más de cuarenta horas con el culo en un asiento de mala muerte, pero igual pagó el boleto y se quedó esperando en el andén.
Fueron más de cuarenta horas, abrió los ojos cuando el colectivo entraba en Tarija, los colores eran otros, los olores eran otros y su vida, definitivamente, iba a ser otra.
Vivió unos días en una pensión de las afueras de la ciudad, mientras buscaba una changa para sacar unos mangos e ir tirando. Pero, tal vez por su cara, tal vez las calles que caminaba o tal vez por su tono argentino, todo lo que le ofrecían era oficiar de mula metiendo coca en Jujuy. Pero en una esquina conoció a Antonio, que venía de Mendoza, su cara de tránsfuga no daba para la confianza espontánea, pero después de charlar un rato le dio la derecha y agarró viaje en un negocio extraño, pero aparentemente más legal que el narcotráfico por la Puna. Tenía que manejar un camioncito lleno de ajos al norte de Brasil. No le iban a pagar casi nada, apenas la comida y unos mangos que le iban a alcanzar para dormir unos días en Macapá. Pero lo agarró igual, al fin de cuentas seguía siendo un pasaje gratis.
Al otro día juntó sus cosas, saludó a la dueña de la pensión que ni siquiera levantó la cabeza y se subió al camioncito, que hedía desde dos cuadras de distancia.
Manejó durante seis días, en Porto Velho tuvo que quedarse una tarde completa mientras le arreglaban la caja de cambios al destartalado Ford, se pasó el tiempo mirando a la gente entrar y salir de la estación de servicio, también tuvo que dejar ahí la poca ganancia que le dio el viajecito.
En Macapá lo estaba esperando el socio de Antonio, Rivaldo, que lo saludó con un abrazo como si lo conociera de toda la vida. Se sorprendió por el desperfecto de la caja de cambios, que ese camión era un atleta de fondo, un prodigio de la mecánica alemana. Casi le dijo que Ford no era de Alemania, lo que si le dijo es que le había costado su moneda ponerlo de nuevo en la ruta. Rivaldo siguió hablando de Alemania. Después le recomendó una pensión, barata, limpia y con una vista al puerto que era una maravilla. Eso sí, que mirara bien la cama, que a veces tenías chinches y otras alguna cucaracha.
Por suerte no le tocó ninguna de ambas, sólo una prostituta en la puerta de al lado que debía estar atendiendo a un congreso de ingenieros japoneses por el constante golpeteo sobre la pared del baño.
Aprendió rápido los rudimentos del portugués, no era ni muy difícil ni él muy atolondrado. También consiguió trabajo en el mismo puerto que veía de su ventana. Primero limpiando la mugre que dejaban los cargueros sobre las dársenas y después de guinchero.
Le pasaron los meses como horas, comiendo con aceite de dendé, escuchando a la prostituta de al lado y levantándose con el alba para entrar al puerto. Y cuando ya empezaban a conocerlo por el Argentino un día un capataz turco, chapurreando un español gastado, le dijo que tenía que hacer cierto negocio en Santa Cruz de Tenerife, pero como escuchaba, apenas entendía unas pocas palabras del idioma, y que no quería que lo cagaran de nuevo como la última vez. Todo eso se lo contó a la sombra de un chiringuito de mala muerte junto al muelle, mientras se bajaban una botella de cachaza. A las cuatro horas cerraron el trato, él viajaba gratis hasta Marbella, pero le hacía de traductor en Las Canarias.
El amanecer lo encontró sobre la borda, mirando el puerto que se alejaba lentamente, con su bolsito sucio a sus pies y las manos en la barandilla.
El capataz tenía razón, el canario lo quería cagar, en turco, en inglés o en castellano, daba lo mismo. Pero después de discutir durante unas horas llegaron a un acuerdo donde ninguno terminó muy conforme. De vuelta al barco el capataz no paró de putear en diferentes idiomas. El trayecto hasta Marbella no fue largo, pero cada vez que se cruzaba con el capataz, éste lo miraba de costado y comenzaba a lanzar puteadas nuevamente. Optó por quedarse en su pequeño camarote el resto del viaje, releyendo por enésima vez su libro.
Desembarcó sin hablar con nadie, esquivó casi sin dificultades la aduana y entró en la ciudad sin que nadie lo supiera, en silencio y caminando lento.
En alguna ciudad del norte de España se hizo albañil, hasta que sus manos, ya artítricas, no pudieron seguir sosteniendo el fratacho, como le decía él y el resto de sus compañeros se reían.
Una tarde, como cualquier otra, con los ojos achinados se apoyó en el malecón mirando el mar y comenzó a adormecerse. La brisa le trajo aromas que casi había olvidado. Miró por última vez al sol que buscaba esconderse en el horizonte y con una sonrisa lo despidió, sin arrepentirse de nada.