ENTREVISTA SCHULMAN - 1En el marco de los últimos casos relacionados a la violencia de género, entre ellos el asesinato de Diana Rojas en Puerto Madryn y Micaela Ortega, en Bahía Blanca, uno de los principales ejes de debate respecto del delito de “femicidio” es el abordaje del perfil del agresor y de las distintas motivaciones que el mismo puede tener para desarrollar su accionar.
En Argentina, una mujer muere cada treinta horas producto de hechos relacionados a la violencia familiar y de género, estadística que no ha logrado decrecer en los últimos años.
A pesar del recrudecimiento de campañas como “#NiUnaMenos”, que se replican a nivel nacional bajo el eco de un constante pedido de Justicia, en ocasiones, la falta de asignación de presupuesto para el combate de dicho flagelo se refleja en una sociedad expuesta a padecer este tipo de crímenes de manera frecuente.
El Diario dialogó con el psicólogo y criminólogo Daniel Schulman, quien arrojó datos y factores que influyen en la construcción de un perfil violento, el cual en ocasiones deviene en un acto homicida, a la vez que el profesional exploró las raíces de los conflictos relacionados a la violencia contra la mujer y cómo los agresores suelen “camuflarse” dentro de la propia sociedad, muchas veces sin demostrar indicios de una conducta criminal.
Los agresores “viven entre nosotros y muchas veces se mueve como peces en el agua”, sostuvo el experto en criminología.

P: ¿Cuál es el perfil de un femicida y qué motivaciones pueden llevarlo a cometer un crimen?
DS: – Lo primero que se suele hacer en lo que refiere a la motivación criminal, es identificar si hubo una relación previa o no entre la víctima y el victimario. Eso limita bastante la cuestión de la motivación, y obviamente si hay relación previa, en los casos de femicidio, estaríamos hablando de parejas, que se terminan disolviendo por la muerte de la mujer a instancias de la acción del hombre. Ahí hablamos de perfiles muy particulares, donde existe generalmente violencia previa, sumisión, conflictos que pueden ser de índole económico o vincular.

P: ¿Esta “violencia” se constituye como un eje central de la relación entre víctima y victimario?
Los modos de relación por parte del agresor tienen que ver con actos de violencia, es decir un comportamiento violento a través del cual este se relaciona con su víctima. A veces, puede pasar que la relación esté planteada en esos términos y que, en determinados momentos, exista un episodio que genere una suerte de precipitación de la agresión que genera la muerte. En otros casos, la relación puede ser bastante estable y, si bien puede no haber un episodio de violencia física, sí puede haber instancias previas de violencia psicológica.
P: ¿Qué sucede en esos casos?
DS: – Ahí, el acto y la motivación son más planificados, a diferencia de los otros, donde se da una dinámica de violencia general, sostenida en el tiempo, que en algún momento tiende a excederse hasta conllevar a la concreción del homicidio, dado que lo que motiva el femicidio es la relación constante que víctima y victimario mantenían.

P: – En los casos donde existe una mayor violencia verbal y psicológica, entonces, el ataque físico no suele ser espontáneo.
DS: – En esos casos, se puede pensar que hay otro tipo de planificación, porque en otros casos la relación (violenta) ya está establecida en esos términos y naturalizada de esa manera. La violencia física suele ser constante y, en determinados, puede haber un exceso que culmine en asesinato. Mientras que, en los otros casos (donde existe una violencia psicológica), no es planificado el acto, sino espontáneo. Hay como cierta planificación, porque no se da la cuestión de la violencia física continua, pero en determinado momento el agresor, por algún déficit en el control de los impulsos o alguna otra cuestión que motive la eliminación física de la persona, planifica de algún modo el homicidio, así que hay otro tipo de acciones. Si bien hay violencia psicológica previa ligada a lo vincular o relacional, en algún momento puede darse la violencia física para eliminar a la otra persona.

P: – ¿Qué sucede cuando no hay una relación previa entre la víctima y el agresor?
DS: – Generalmente, mucho tienen que ver las fantasías del victimario. Hay agresores que fantasean, y así como todos fantaseamos con determinadas cuestiones, estos lo hacen pensando en cometer la agresión, por ejemplo un acto sexual de manera violenta. Ello, motivado tal vez por el consumo de pornografía. De hecho, hay autores que han relacionado el consumo de la misma con el comportamiento sexual y han demostrado correlación en un número alto de las muestras que analizaron.

P: – Entonces, el consumo excesivo de pornografía en una persona con un perfil agresivo, ¿puede acelerar el cuadro de violencia?
DS: – Puede hacerlo, o bien puede “cosificar” la relación sexual o el “partenaire” sexual, en este caso mujer, entendiéndolo como solamente un objeto para satisfacer su demanda sexual, sin tener empatía con el otro durante el acto y llegando, incluso, a lesionarlo levemente. Hay autores que señalan que el acto sexual tiene cierto grado de agresividad naturalmente, pero hay sujetos que tienen una mayor agresividad durante el acto, e incluso hay parafilias que así lo demuestran. Hay personas en las que la excitación sexual aumenta y el orgasmo se alcanza cuando hay cierto grado moderado de violencia física, que no llega a generar alguna lesión durante el acto sexual. Por ejemplo, la hipoxia o hipoxifilia, que es la asfixia durante el acto sexual, donde la persona alcanza el clímax cuando siente que se está muriendo. Pero en relación a los casos de femicidio, la fantasía tiene mucho que ver con el agresor, que va fantaseando y en determinado momento hay algún estresor que necesita el impulso a intentar el acto, es decir a querer hacer eso que tanto fantaseó.

P: – ¿Qué pasa cuando se repite dicho patrón de conducta?
DS: – Hay que tener en cuenta que toda conducta genera, en cierto modo, un aprendizaje. Todos aprendemos cuando hacemos alguna acción, y si la persona comete una acción y no le pasa nada, eso es un aprendizaje para el agresor, que muy probablemente vaya a hacerlo de nuevo.

P: – ¿Cuál es el papel de las redes sociales en la construcción del perfil de femicida, teniendo en cuenta, por ejemplo, casos en los que el agresor utiliza perfiles falsos para acercarse a sus posibles víctimas?
DS: – Son una herramienta más que utilizan los agresores para conseguir a sus víctimas. En el pasado, algunos se hacían pasar, por ejemplo, por un heladero o utilizaban profesiones que los acercaran a niños sin despertar sospechas. Esto ocurrió en cierta medida con profesores de gimnasia, lo referido a la animación de fiestas infantiles y, hoy en día, por las redes sociales, no hay tanta exposición en ese sentido, lo cual hace que el agresor se sienta seguro.

P: – ¿Cómo se detecta a un potencial agresor o femicida?
DS: – Hay que tener en cuenta que el agresor es una persona como cualquier otra y lo hace como una economía del pensamiento, una economía racional de las acciones o, inclusive, un cálculo de “costo, beneficio”. Es decir que, lo que genere menos costo y mayor beneficio, lo va a hacer. Y si nota que mezclándose a través de las redes sociales tiene contacto con niñas, en el caso de los femicidios, y no se expone, lo va a seguir haciendo.

P: – ¿Hay algún patrón característico de los casos de femicidio a nivel regional, o bien existe esa estadística?
DS: – No realmente, los agresores son gente como cualquier otra, de algún modo “peces en el agua”. Obviamente, hay distintos tipos de agresores con características específicas, pero en líneas generales, son personas bien integradas, que tienen un trabajo estable, en algunos casos familia e incluso redes sociales físicas, con las que se relacionan de manera saludable. Tal vez se les puede observar alguna cuestión que llame la atención a la persona que lo conoce, pero la verdad es que están entre nosotros y eso es lo peor. Y están bien integrados, y en determinado momento algún estresor detona la agresividad que tiene, se produce la liberación de los impulsos y cometen el acto, se animan.

P: – ¿Qué probabilidad hay de que se rehabilite satisfactoriamente un femicida? ¿Hay estudios al respecto?
DS: – Hay tratamientos específicos para abordar, por ejemplo, a los agresores sexuales. En un libro que recientemente publiqué con (el fiscal federal) Fernando Gélvez, “Aplicación de la Ejecución de la Pena Privativa de la Libertad en Chubut”, hablamos de eso en algunos de los capítulos, de pasar de la peligrosidad, que se consideraba como un factor inamovible, a la gestión del riesgo, a modificar la conducta y el comportamiento. La gestión del riesgo implica eso, identificar cuáles son los comportamientos antisociales que el individuo tiene y reeducarlo en habilidades sociales, comportamientos pro sociales y orientados a la idea de vivir en una sociedad de manera normal, y de alguna manera, controlar la ira, la agresividad y ese tipo de cuestiones.

P: – ¿Se puede “reprogramar” a una persona?
DS: – De alguna manera son entrenamientos, tal como se entrena al adicto a que no vuelva a consumir, reprogramarlo y controlar las recaídas, porque obviamente la conducta humana es a veces impredecible. Aunque el seguimiento suele ser larguísimo y, en ocasiones, de muchísimos años.

P: – ¿Qué dicen las estadísticas locales e internacionales al respecto?
DS: – No conozco con exactitud las estadísticas dentro del país, pero en otros países, por ejemplo, hay modelos de entrenamiento que arrojaron buenos resultados, basados en actividades pro sociales y en la reeducación (del agresor). De algún modo, son esperanzadores, y estas son cuestiones en las que hay que insistir, aunque llevan muchísimo tiempo y hay quienes creen que, tal vez, algunos comportamientos son inamovibles. Hay sujetos que están tan naturalizados en su conducta que costaría muchísimo (rehabilitarlos), pero en el mundo existen determinados dispositivos y experiencias que han tenido buenos resultados.