Dora BarrancosEl asesinato de la joven de 25 años, Diana Verónica Rojas –cuya carátula ha virado en las últimas horas hacia un presunto “homicidio en ocasión de robo-, ha sensibilizado y conmocionado a todo el país, reabriendo una vez más el debate sobre la violencia de género y sus diversas manifestaciones.
La Socióloga, Historiadora y feminista argentina, Doctora Dora Barrancos, dialogó con El Diario de Madryn, luego de haber brindado la Conferencia inaugural del curso de capacitación docente en Educación Sexual Integral: Perspectiva de Género y Derechos Humanos, en el Auditorio del Centro Nacional Patagónico (CENPAT).

Mencionó en su Conferencia que, previo a la modificación del Código Penal argentino, el Estado funcionaba como una suerte de “patrocinador” del homicida. ¿En qué consiste esto?

En 1921 cambió el Código, pero hasta ese momento el Estado era casi un “copatrocidador” porque lo que estaba en juego como “honor de la República” era el “honor sexual de las mujeres”. Había una relación simbólica, que se materializaba jurídicamente en la idea de que la integridad moral de la mujer era la integridad moral del Estado. Por lo tanto, si una mujer no era íntegra moralmente y el marido la mataba por causa de su no integridad –porque cometía adulterio- el Estado en sí lo facultaba. Era un desagrabante, una facultad que limitaba la pena. En Argentina, a partir de la reforma del Código Penal, esta figura cambió y lo que se utiliza desde entonces para dirimir la pena del cónyuge que mata a una mujer es la “emoción violenta”. También hubo un aumento total de la penalización hacia el homicida, que por razones de género mata a una mujer. Pero no es solo contra una mujer, sino que lo que llamamos delitos de “odio sexual, odio de género, odio xenófobo” también están contenidos por la Ley. Son agravantes totales del homicidio.

Se ha modificado en el Derecho, pero ¿qué sucede con el hacer, con el imaginario colectivo? ¿Convivimos con un gran porcentaje de personas que, de alguna manera, justifican la violencia de género?

Sí, claro. Porque eso es una inscripción simbólica –básica- patriarcal: el dominio del hombre sobre las mujeres. Si hay dominio, hay, entonces, una confirmación según la cual el imaginario indica que la mujer es patrimonio de los varones, que les pertenece. Y ese es un valor simbólico muy agregado en nuestras sociedades y lleva a la sustanciación de todas las formas de violencia. Hay un desmedro de la condición femenina porque existe la defensa de una idea regente: la condición masculina superior, con atributos superiores. Es un fuerte imaginario social y por eso la violencia continúa. Lo cierto es que no podemos estar tan de acuerdo con que la violencia aumentó porque no tenemos estadísticas, ni siquiera de los últimos diez años, y hablo ahora puntualmente de los femicidios. A menudo se dice “aumentan” y no, lo que está aumentando es lo que le ocurre a uno con esto. No es ya soportable, estamos mucho más conscientes y no lo toleramos. Hay marchas y reclamos que hace 15 años no eran habituales.

Respecto a la ausencia de Estadísticas, el dato que suelen replicar los Medios de Comunicación y colectivos sociales, es que en Argentina muere una mujer cada 30 horas.

Es altamente probable. La Asociación Civil La Casa del Encuentro ha hecho un trabajo denodado para llegar a datos estadísticos, pero necesitamos estadísticas públicas, un registro riguroso y sistemático, para poder comparar. Este dato es muy probable, pero nada dice si en el pasado había, quizá, una muerta cada 24 horas porque todo eso estaba bajo la sombra de la cobertura que le daba el “crimen pasional” y esto se ha desterrado, no existe tal cosa. De vez en cuando, una persona poco espabilada puede seguir hablando de crimen pasional, pero no es aceptado siquiera por la prensa. Nadie se atrevería hoy, en la televisión, a hablar de “otro nuevo crimen pasional”. Sería una figura del antiguo régimen. Lo mediático cuida mucho para establecer estándares conceptuales, lo que no quiere decir que no haya contradicciones todos los días, como por ejemplo mencionar en el cuerpo de la noticia que a la víctima le gustaba salir de noche, que usaba escote y mostrar, de hecho, fotografías de la mujer como si su homicidio hubiese sido una propiciación. Hemos avanzado, pero todavía hay puntos de las viejas e inaccesibles simbologías patriarcales.

¿Existen sociedades matriarcales?

Nunca existieron. Son una invención notable del Siglo XIX. Es probable que en algunas comunidades se hayan dado pequeñísimas experiencias, pero no existió nunca un matriarcado universal. Ha sido un gran invento de figuras muy interesantes del Siglo XIX, como Johann Jakob Bachofen o Lewis Henry Morgan, que ilustraron y se entusiasmaron con estas teorías. Creo yo que fue un acto compensatorio porque las mujeres la pasaban tan mal en el Siglo XIX, que hubo que compensar simbólicamente la idea de que alguna vez habían sido regentes en las sociedades. Sí hay matrilinealidad –dominancia femenina en un clan-, pero detrás de la mujer, en ese caso, está el hermano o el padre. Puede haber sociedades en las que las mujeres tengan mejor posición y, desde luego, hay casas en las que esto felizmente ocurre porque la mujer se las ingenia para tener una buena cuota de Poder, pero es una ingeniería de sombras, no la promulgada socialmente.

Incluso, pareciera que, hasta tanto se siga destacando como un logro el que una mujer acceda y ocupe un cargo de Poder, y no se naturalice esa participación, no estaremos en condiciones de hablar de igualdad.

Es verdad. Hasta que no se haya hecho un encarnamiento de toda comunidad, que sea un lugar común y una moneda corriente. Efectivamente, por ahora son excepcionalidades y se las juzga con una vara cortísima de género: si son decididas y determinadas, se las llama “desequilibradas”. Caemos en la misma red y por eso es muy largo el recorrido todavía. En Argentina hay un camino de politización de las mujeres, de cercanía con la sensibilidad politizada. Es un país que tiene figuras como Evita y Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, por ejemplo. Hay una relación convocada, en la que las mujeres pasan del estado de cotidianeidad a la reflexión política. Existe un quiebre que ha permitido, por ejemplo, que tuviéramos una Presidenta mujer, dos veces.

Ha mencionado varios ejes, tales como la educación –prevención desde la guardería en adelante-, el mercado laboral –incapaz de contener a la mujer víctima de violencia- y la necesidad de adaptación de Leyes u organismos, tales como los Observatorios de Violencia de Género. ¿Hay sociedades en las que estos ejes confluyan de manera efectiva?

Existen experiencias de prevención y más acción. En primer lugar, deberíamos tener spots obligatorios en todos los Medios de Comunicación que, por lo menos tres veces por la mañana, tarde y noche, fuesen expuestos. Respecto a la prevención, más sustancial, es el cambio fundamental desde la guardería: en los segmentos escolares, la secundaria y la universidad –que ha entrado como última preocupación y eso es grave-. Arbitrar Protocolos de Acción –que indiquen, por escrito, qué medidas tomar y sean de estricto cumplimiento- en el ámbito público y privado, para la denuncia sobre el acoso y la humillación. Estas son cuestiones de largo aliento y no podemos esperar que, de la noche a la mañana, se derrumbe el patriarcado, pero hay que hacer conciencia, teniendo en cuenta que la que más reanima el patriarcado es la estructura doméstica. No podemos meternos en los hogares, pero sí actuar sobre el sistema educativo.

Vinculada con la herramienta de los spots, la frase “No tolerar” ¿no?

No tolerar. No se puede tolerar, no puede haber arbitraje pacífico de nuestras almas, tiene que haber una acción contundente y eso debe ser una acción empírica, un hecho. Ilustrar a las propias mujeres. Por eso puse el acento en el sistema educativo y en la convicción íntima de las mujeres para revocar el estado de sujetamiento. No se puede ser autónomo, si necesito sujetar al otro. Si alguien necesita sujetar es porque no tiene autonomía.

Sobre el crimen de Diana Rojas, aquí en Puerto Madryn, y la cobertura mediática del caso, usted mencionó la necesidad de hacer “pactos” con los Medios de Comunicación.

Hay que hacer pactos, entre las organizaciones civiles y el Estado, con los Medios. No creo en la censura, que no es buena. Por ejemplo, en España, el Consejo Nacional de la Mujer hace pactos con organizaciones civiles y Medios y esto implica que existen códigos para actuar. El hecho de insistir con la exhibición obscena de la víctima, sucede con ellas y con ellos y tiene que ver con un problema de dignidad del trato. Pero, en el caso de las víctimas mujeres, además, se subvierte por completo el código aceptado –el mismo que permite que los Medios ya no hablen de crimen pasional-.