1Fortunato Mallimaci es Doctor en Sociología por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París, fue Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), institución en la que también se desempeñó como Director del Centro de Altos Estudios Franco – Argentino y donde actualmente trabaja como docente titular.
En su labor como Investigador Superior del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), forma parte del equipo interdisciplinario que lleva adelante el programa “Sociedad, cultura y religión”, creado en la década de 1980 con el restablecimiento de la democracia y a través del cual un grupo de más de veinte cientistas sociales desarrolla investigaciones a largo plazo, cuyo resultado se ha visto materializado en numerosas publicaciones.

Diario: ¿De qué manera realizan el trabajo de campo en sus investigaciones?

M: El trabajo de campo corresponde a nuestra epistemología. Consideramos que para abordar estos temas hay que estar cerca del mundo de las creencias y lo hacemos participando, entrevistando, escuchando y sintiendo; lo que nos ha llevado también a cambiar nuestras propias concepciones acerca de lo religioso y, sobre todo, de cómo esto se vive, sueña y percibe en América Latina, Europa, y Estados Unidos. Tenemos, además, un compromiso social con aquello que investigamos porque, tanto en los grupos minoritarios como en las grandes religiones, hay víctimas y estigmas. Entonces, al buscar el reconocimiento de las creencias, al procurar evitar el etiquetamiento y las jerarquías, salir de ciertas concepciones nos conduce a conversar, escuchar y comprender porque entendemos que la investigación debe surgir de los mismos actores y que hay que acercarse, no con ideas preconcebidas, sino construyendo conocimiento junto a ellos.

D: ¿Y por qué realizar estos abordajes desde la religión?

M: Porque la religión es una de las maneras de conocer a una sociedad, de entender sus conflictos e ideologías. Las concepciones, prácticas y dinamismos de una sociedad pueden también expresarse en términos religiosos. Nosotros trabajamos mucho, quebrando una serie de paradigmas importados de EEUU y Europa, hasta comprender que el religioso de América Latina es fuerte, presente y que en él lo político y lo espiritual están mezclados. Por eso, estudiar estos grupos en Argentina, por ejemplo, también implica indagar en la política, la cultura, la diversidad y la otredad y no quedarnos en la religión como un espacio único, vacío y estanco, sino observarlo en relación, discusión y negociación con los otros ámbitos de la sociedad.

D: ¿Existe un sentido verdadero y original de la Semana Santa?

M: Hay distintas maneras de comprender la Semana Santa. Las sociedades se han ido secularizando, es decir que lo sagrado que estaba presente en generaciones anteriores, se ha ido transformando, desinstitucionalizando, perdiendo sacralidad y volviéndose cotidiano. Así, aquello que había sido construido para celebrar las fiestas religiosas fue cediendo espacio a otros momentos en los cuales las personas no viven ya lo sagrado todo el día en todos los lugares, sino en pequeños momentos y espacios. Es decir que, por más que la institución diga que uno debe hacer algo el jueves, viernes, sábado y domingo, la enorme mayoría hoy, en el Siglo XXI, decide hacer lo que quiere, lo que siente. Surge, entonces, un debate muy fuerte en los grupos religiosos. ¿Cómo se refleja esto? Si hace 40 años había 1.500 salesianos, hoy son solo 600. Si, en María Auxiliadora llegaron a ser 25.000, hoy son poco más de 10.000. Esas personas no dejan de ser religiosas, pero sí pierde sentido pertenecer a una institución determinada porque el ser religioso se ha diseminado por el conjunto de nuestras sociedades y no solo en la pluralidad de grupos sino en la manera de creer, que ya no supone ir al templo y seguir la norma del obispo, sino la propia concepción de lo religioso.

D: ¿Cómo responden los distintos actores a estos cambios?

M: Hay quienes piensan que la sociedad ha perdido sus valores cristianos, la dimensión de lo espiritual y se ha vuelto hedonista; que las personas piensan en sí mismas y solo quieren consumir. Entra en juego el tiempo, cuya concepción ha cambiado: ¿Por qué yo tengo que ir al templo durante cuatro días? Muchos sienten que el modo de cumplir es siendo buena persona, en el trabajo, con los hijos, que lo importante es festejar en familia. Cambia la manera de sentirse creyente y es la institución la que ve aquí un problema e insiste en modelos que dejan de tener respuesta.

D: ¿De qué modo se vivencia esta situación en América Latina?

M: Si vamos al caso puntual de América latina, donde la iglesia católica es la institución más significativa, encontramos un crecimiento de los evangélicos, que tienen otras maneras de cercanía. Surge una necesidad de las personas de individualizar su creencia y, en muchos casos, formar grupos comunitarios que viven sus propios mundos, afinidades y fiestas, con mayor o menor contacto con el mundo exterior. Las investigaciones nos muestran que el sur argentino, puntualmente, es un lugar con gran presencia evangélica. Hay una socialidad por parte de las familias, si pensamos que sus miembros suelen ser personas relocalizadas. Y, en simultáneo, persiste esta idea de la Iglesia Católica como institución muy formal en sus pertenencias -hay que estar casado y bautizado-. Bueno, todas estas cuestiones también surgen entre las causas que llevan a alguien a tomar distancia de la religión y la movilidad es central porque, así como uno puede permanecer poco tiempo en la misma casa, escuela o grupo, sucede lo mismo con los grupos religiosos.

D: Pareciera que el mercado ha triunfado, alejando en parte a las personas de la religión y también atravesando las distintas instituciones religiosas.

M: Vivimos en países capitalistas de larga data y aquellos que se han opuesto históricamente, si bien son y existen, no han resistido. Entonces, el capitalismo es vivido también como religión. Si ha triunfado el mercado, ese mercado también fabrica religiones y concepciones sobre lo sagrado. Hay que estar atentos porque, incluso, usamos palabras para referirnos a él, como si fuese una persona: “el mercado es intocable, tiene que estar solo, se enoja, es sensible”, “si al mercado le va bien, a todos nos va bien”. En este contexto, el Estado muchas veces aparece como el demonio para aquellos que creen en el mercado. Ya Walter Benjamin hablaba del capitalismo como religión, con la globalización como vector principal. El cristianismo, y en particular el catolicismo, tiene un enfrentamiento histórico con el mercado. Toda la doctrina social de la iglesia contra el mundo burgués, liberal, que a veces se silencia y otras tantas se pone de manifiesto, regresa en el Siglo XXI a tener un peso importante y, sobre todo, a través de los Papas que lo han criticado -y más aún ahora con un Papa proveniente de América Latina-.
El Sociólogo Pierre Bourdieu hablaba del “mercado de los bienes de salvación”. Es una manera de verlo, importante, pero no es la única. La religión como gran mercado trae ofertas y demandas religiosas: si hay demanda de más espiritualidad, aparece una oferta acorde; y si hay demanda de mayor comunitarismo, nace la oferta religiosa de comunitarismo. Pero, si se lo analiza con calma, se encuentran ciertos límites porque son procesos largos y tenemos un cristianismo que ha ofrecido múltiples respuestas para esto, no solo la de denunciar al dinero y al mercado.

D: ¿Cuáles son algunas de las implicancias de la relación de la Iglesia Católica con el Estado?

M: La diversidad no se manifiesta en el Estado. Por ejemplo, ningún gobierno democrático ha transformado las Leyes de la Dictadura. Si un grupo quiere expresar públicamente su religión, tiene que inscribirse, el Estado debe autorizarlo. Eso muestra el poder que todavía tiene la Iglesia Católica en el Estado y el grado de arraigo de algunas concepciones hacia el interior de grupos religiosos subalternos que lo aceptan. Así, se naturalizan ciertos hechos sociales: que, a una comunidad judía, evangélica o protestante, le parezca normal tener que ir al Estado para que le den un numerito y que sin ese numerito no puede abrir un templo, por ejemplo. Ese rasgo de la Dictadura de 1976 a 1983, esa enorme simbiosis, complicidad y lazo con la Iglesia Católica, hoy, cuarenta años después, perdura.

D. Entonces, ¿la Iglesia Católica continúa teniendo poder a través de estas herramientas legales, pero a la vez pierde poder a partir de la diversificación de las creencias?

M: O quizá es causa y consecuencia: tengo menos fieles y más poder en el Estado. O no. Investigar abre preguntas que son respondidas únicamente en el largo plazo porque las creencias son activas, fuertes, van de familia en familia, son identidades e importantes para la vida de las personas.